miércoles, 27 de diciembre de 2017

La Ciencia en la cultura de masas


- La Historia Jamás Contada -

En Historia, hay dos palabras que suelen asociarse: "CIENCIA" y "MODERNIDAD". Tanto así, que se llama “periodo moderno” al que sucedió a la Edad Media, cuando se abandonó –al menos oficialmente- a la Iglesia y sus doctrinas como referencia de la vida social, sustituyéndolas progresivamente por el conocimiento científico, una de cuyas características era ya no ser monopolio de una Institución o Cuerpo colegiado, sino estar distribuido ampliamente entre la sociedad, con el investigador individualista como el elemento activo, en tanto generador del vasto conocimiento teórico llamado Ciencia, con el laboratorio (cubículo, gabinete), más que la biblioteca -como en IL NOME DELLA ROSA  de Umberto Eco- como su centro de producción y ya no de reverente consulta…

Bueno, esto como abstracción o posibilidad lejana, pues ahora mismo, los medios para hacer ciencia sólo son accesibles a los pocos que tienen la osadía, el tiempo y la paciencia de correr todos los trámites burocráticos. (Una de las tantas anécdotas curiosas de mi vida, ocurrió al cursar Química en la Secundaria, cuando no pudimos usar el laboratorio porque el maestro del otro grupo, apodado “El Brujo”, lo consideraba su propiedad exclusiva… ¡en una escuela pública!)

Por lo que Ciencia sólo había en las fantasiosas y, por supuesto, inexactas formas que adoptaba en el cine de aventuras y series televisivas del mismo género, en las cuales adquiríamos de paso el estereotipo del "Científico": nervioso, distraído, un poco –o bastante- asocial, con sus infaltables anteojos y bata, etc.

Para los pocos cuyo interés iba más allá del simple role playing, es decir, asomaba algo parecido a la vocación, la única Ciencia a que teníamos acceso era la libresca, convirtiéndonos en ávidos consumidores de cuanto material de ese tipo localizábamos. (Así fue como me interesó el idioma inglés, ya que en la –ésa sí- benemérita Biblioteca Franklin, los libros más completos y actualizados sobre proyectos de Electrónica, mi interés de entonces –que conservo hasta ahora, 50 años después-, estaban en esa lengua, siendo ese inglés técnico el primero que aprendí. Siete años más tarde, me interesé también por la higher Mathematics,… and so on.)

Hasta ese momento, ésta era la recepción y percepción que teníamos de la Ciencia, ingenua y romántica sin duda, pero que no perdía de vista su naturaleza profunda, filosófica y laboriosa de ser algo a concebir y construir, que reclamaba toda nuestra dedicación intelectual.

Ya entonces había documentales o, más exactamente, notas, en el mejor caso reportajes periodísticos sobre ciencia y tecnología, que de cuando en cuando aparecían en los noticiarios audiovisuales para hacerlos menos tediosos –sobre todo para los niños-, pero sin abandonar el modelo y propósitos del entretenimiento de masas, esto es, sin pretensiones de profundidad o exactitud, pues no se trataba de hacer pensar al público, anatema para los medios.

Aunque no faltaron entusiastas y bien intencionados, conocedores o no de la “máquina de enseñar” de Skinner, que vieron en ellos una manera simple y directa de inocular el pensamiento científico en la gente, sin necesidad de costosísimas instalaciones y personal altamente especializado: había nacido la –muy apropiadamente llamada, por cierto- DIVULGACIÓN CIENTÍFICA -en el sentido de “vulgarización de la ciencia”-.

Y en ésas estamos el día de hoy, en que intelectuales de sala, recámara o comedor –según donde esté instalado el receptor-, norman sus juicios y opiniones sobre todas y cualquier cosa, siguiendo las doctas y autorizadas afirmaciones –statements- de los canales tenidos por “CIENTÍFICOS” (¿?), cuyo contendido, en rigor, no dista mucho de la SEUDOCIENCIA.

(Publicado originalmente en Sabersinfin el 3 de junio de 2017)

Fernando Acosta Reyes (@ferstarey) es fundador de la Sociedad Investigadora de lo Extraño (SIDLE), músico profesional y estudioso de los comportamientos sociales.

Imagen: Internet